Liderazgo político, condiciones de un líder

Decía Robert Louis Stevenson “la política es la única profesión para la cual no se considera necesaria poseer preparación alguna”. Puede ser que tuviera la razón, pero no es menos cierto, que la persona que tenga pretensiones de ser líder en el ámbito político, debe hacer gala de una cualidad indispensable, liderazgo político.

El líder es el jefe o conductor de un grupo social, concretamente: quien encabeza, guía, o motiva un gobierno, un partido, un movimiento o una operación política.

El liderazgo no siempre está ligado al desempeño de una función pública o partidista. Es muchas veces un atributo intrínseco de la persona, un ascendiente social. Aunque carezca de autoridad formal, es decir, de un cargo directivo dentro del Estado, del partido o de una organización social, al líder se le reconoce una situación de superioridad que obliga moralmente la voluntad del grupo y que alcanza la obediencia a sus mandatos, decisiones u opiniones.

Liderazgo o liderato es la condición de líder o el ejercicio de sus funciones. Al líder político suelen acompañarle atributos humanos poco comunes: capacidad de trabajo y don de mando extraordinarios. “Donde llega pone orden, síntoma supremo del gran político”. Ortega y Gasset.

Orden entendido no como imposición exterior de la fuerza sino como un equilibrio que se suscita en el interior del grupo bajo la inspiración de su conductor.

Son factores y elementos del liderazgo político: la inteligencia, los conocimientos, la honestidad, la imaginación, la intuición, la simpatía personal, la capacidad conductora, la credibilidad, la confiabilidad, la autoridad moral reconocida, el don de mando, el sentido de la historia, la visión de futuro, la capacidad de impulsar procesos sociales, la vitalidad, el dinamismo, la fuerza de trabajo, la perseverancia, la disciplina, la valentía, el eficiente aprovechamiento del tiempo, la aptitud comunicadora de ideas y emociones y obviamente la empatía.

Intrépido para afrontar riesgos y peligros, el líder asume con serenidad los grandes honores y las grandes angustias de la vida pública. Mientras más graves son los problemas que debe afrontar mayores son su serenidad y su firmeza. Es un hombre de acción. No soporta la quietud. Siente la necesidad de crear, de hacer cosas, impulsiva y compulsivamente, pero al propio tiempo es hombre de pensamiento. No puede haber líder político sin esa asociación de acción y pensamiento.

El líder político actúa sobre realidades concretas, que están allí aunque no las quiera. Que son como son y no como quisiera que fueran. En la política hay muy poca cabida para el subjetivismo. El intelectual, en cambio, tiende a ver el mundo como quiere que sea y no como realmente es. La utopía, por tanto, está más ligada al intelectual que al político. La utopía engrandece la imaginación del pensador y del poeta pero pierde al político.

Este diferente enfoque ha distanciado, a lo largo del tiempo, a políticos e intelectuales. Es dilatada la lista de querellas mutuas. El político y el intelectual obedecen a dos tipos humanos no sólo distintos sino antagónicos. El primero se describe como “ocupado”, porque en él lo inmediato es la acción; y al segundo, “preocupado” porque con sus interminables cavilaciones se ocupa antes de ocuparse, es decir, se “pre-ocupa”.

Eso hace del líder político un ser impulsivo y, del intelectual, un ser que divaga mucho antes de actuar que con frecuencia tiene dificultad e imposibilidad de actuar.

El líder político es ante todo un gran comunicador de ideas y de emociones. siempre será un elocuente orador de masas, con perfecto dominio del escenario y de los secretos de la oratoria de multitudes, pero debe manejar también la oratoria académica y la oratoria parlamentaria y debe saber desenvolverse en la sala de conferencias y en el foro.

El líder proyecta una imagen de seguridad en sí mismo, de fuerza, conocimiento y firmeza. La masa necesita psicológicamente un liderazgo y una conducción así. El líder le brinda la seguridad que ella anhela. Por eso la masa suele entregar sus destinos al líder y se somete a sus determinaciones.

El líder político no es un ser gregario ni convencional. No está para la imitación sino para la creación y la originalidad. Los líderes crean, no imitan.

La oratoria sigue siendo la gran arma del líder político, particularmente en los regímenes democráticos, que son regímenes de opinión. Pero las nuevas circunstancias le obligan a manejar con versatilidad los distintos géneros retóricos, aparentemente incompatibles entre sí, como son la arrebatada oratoria de masas, la sofisticada oratoria parlamentaria y el estilo coloquial de la oratoria televisiva o peor aún la de las redes sociales, la cual es casi nula.

La seducción de la masa es algo muy complicado. Con frecuencia hombres, inteligentes, cultos, incluso buenos oradores, no alcanzan el liderazgo político que se proponen, mientras que otros, de muy bajos quilates, logran éxitos inusitados. No siempre las prendas intelectuales y culturales son garantía de éxito político. Existe un hilo conductor invisible entre el líder y su pueblo, cuyo origen y naturaleza no son fáciles de identificar.

El pueblo crea al líder, que éste tenga credibilidad, para ello es menester que vea en él líder a una persona sincera. Si no hay sinceridad desaparece ese misterioso hilo afectivo que vincula al pueblo con su conductor. Este es uno de los secretos de la vida política. Si el líder no puede comunicar sinceridad no tiene posibilidades de credibilidad. Ni siquiera de comunicación. Sólo después, sobre la base de la credibilidad, vienen la elocuencia y sus técnicas.

Es el pueblo quien ama al líder, le comprende, confía en él, le sigue, pasa por alto sus errores, no da oídos a los ataques de sus adversarios. Hay algo en el líder que infunde estos sentimientos.

Cuando llega al poder, el líder no se deja atrapar por la rutina. Con imaginación y perspectiva  señala las metas e induce, motiva y estimula a su equipo y al pueblo para alcanzarlas.

Entiende muy bien que gobernar y administrar son cosas distintas. Si lo requiere, contrata un buen administrador para que se encargue de los asuntos rutinarios de cada día, pero él se reserva la responsabilidad de señalar la ruta.
El administrador piensa en hoy y mañana mientras que el líder ha de pensar en pasado y futuro.
El administrador representa un proceso; el líder, una dirección o una meta.

Los líderes políticos nacen y no se hacen. Vienen al mundo con determinados atributos y potencialidades que pueden desarrollarse por el estudio, la investigación, la experiencia y ciertas destrezas adquiridas, pero éstos por sí solos no hacen líderes a quienes no tienen los talentos y las predisposiciones necesarios.

Por supuesto que la profundización en el conocimiento de las disciplinas científicas y técnicas y el rigor metodológico en los estudios de las ciencias sociales contribuyen a desarrollar las potencialidades naturales de los líderes. Pero esas potencialidades deben preexistir.

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