El abuso del Whatsapp

Por: Por: Azael Carvajal
azcarma@yahoo.com

Todos sabemos que las nuevas tecnologías, en el vasto campo de las comunicaciones, constituyen una gran revolución que cada día aporta más para lograr que el mundo entero esté conectado con el planeta. Y podemos agregar que sin mayores costos nos comunicamos con los seres queridos, colegas, amigos y demás personas cercanas o aun lejanas a nuestro entorno, sin importar en lugar donde estén ellos o donde nos encontremos nosotros, ni el horario de cada región. Y así, podíamos seguir sumando más beneficios que, seguramente, con el transcurso del tiempo han de aumentar. Estamos, pues, en el terreno positivo, sobre el que no tenemos dudas y podemos afirmar que todos estamos de acuerdo. Pero al mismo tiempo, es necesario que pensemos en sentido contrario. Es decir, en el aspecto negativo, cuando, como en el caso del whatsapp, abusamos de este valioso medio de comunicación y en ese sentido, es en el que nos proponemos hacer esta reflexión.

Dos noticias recientes nos cuentan del grave abuso del whatsapp, cuando se informó sobre dos personas, una de ellas, acusada de haberse robado un niño y la otra, de violador de menores. En este caso, muchas personas, sin tener certeza de lo ocurrido, tan pronto recibieron el mensaje, lo remitieron a su grupo y éste, hizo lo mismo. Cuentan las mismas noticias que uno de los acusados murió por los golpes que recibió y el otro, seguía hospitalizado por las lesiones que recibió. Este corto relato nos permite referirnos a varios asuntos al mismo tiempo, siendo el más delicado, el abuso que se hace del whatsapp, ya que de esa manera, se están cometiendo varios delitos a la vez, que afectan a personas que, de todas maneras, así hayan actuado al margen de la ley, gozan del principio de la presunción de inocencia y, además, son las autoridades competentes las que tienen las facultades para proceder contra los posibles autores de delitos y si es del caso, hacer efectiva la detención y la presentación ante el fiscal del caso.

También todos sabemos que las personas tienen derechos y deberes. Sobre los primeros, cada uno sabe que se respetan frente a los demás, y a la vez que ellos, son conscientes de observar una conducta similar ante el otro. Y en relación con los deberes, con mayor razón, todos debemos actuar respetando a los demás. Por consiguiente, ninguna persona tiene atribuciones para difundir mensajes, sobre cuya veracidad se carezca y, sobre todo, sin que previamente haya intervenido la autoridad.

Es el momento preciso para referirnos a la enorme cantidad de mensajes que se conocen por medio de las redes sociales sin que sean solicitados. Y con toda certeza, que muchos son totalmente falsos. Otros, como en los dos casos a los que nos hemos referido, nunca se confirmaron. En otras palabras, con tales procedimientos, estamos olvidando y quizá violando los derechos de las personas, especialmente, los que están relacionados con su ser y que son los más conculcados por las redes sociales, entre ellos: el buen nombre, el habeas data, la intimidad, la privacidad, la figura, la dignidad, la honra, el honor, el retrato, las comunicaciones personales, el libre desarrollo de la personalidad, la libertad de expresión y la libertad religioso, entre los más conocidos.

 En síntesis, estamos urgidos de una llamada de atención y al mismo tiempo de una reflexión para evitar que hacia futuro, este tipo de acontecimientos reprochables, vuelvan a ocurrir. Y también para pedir a las autoridades que hagan todo lo que esté a su alcance para prevenir, combatir y sancionar estas conductas.

Terminamos este escrito con parte del editorial del periódico El Espectador del miércoles 31 de octubre de 2018, página 22, cuya parte final, dice: “¿Qué podemos hacer para combatir la desinformación? Un primer paso puede ser dado por Facebook, dueño de Whastsapp, al establecer mejores mecanismos para rastrear el origen de las cadenas. Si esto existiera, las autoridades podrían perseguir a las personas que inicien los rumores.

Otro paso, mucho más difícil, pero también urgente, es alfabetizar a la población colombiana sobre las buenas prácticas en internet. Deben existir campañas nacionales que les hablen a las personas cómo manejar la información que reciben: desde los colegios hasta espacios ocupados por personas adultas que hoy tienen acceso a muchas fuentes de noticias falsas y no son conscientes de los riesgos.

La violencia suele ser manifestación de la confusión y la frustración. Ante eso, la claridad de las conversaciones nacionales son la única herramienta”.

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